José Woldenberg presenta en una mesa redonda este discurso con seis tesis, las cuales fueron presentadas en “transición democrática de México” y las conto en “perspectiva histórica”
En primer lugar: la transición a la democracia en México es un periodo histórico.
La transición no es una idea, ni un esquema preconcebido; no es el proyecto de un grupo ni de un partido; no tiene un protagonista privilegiado, ni un sujeto único; no es una fecha, una coyuntura, una reforma, un episodio y mucho menos una campaña electoral, por importante que sea. La transición es la suma de todo eso y mucho más.
La transición democrática es, en realidad, la historia de ese acomodo: encontrar una fórmula para una vida política moderna acorde con nuestra verdadera modernidad social.
Es un proceso histórico en su doble acepción. Primero, por su duración en el tiempo. Periodo extenso, de dos décadas, en el cual la lucha y los cambios políticos sustituyen, “desconstruyen” y reemplazan un tipo de relaciones políticas, autoritarias; la tarea era cambiar sus fundamentos para instalar otras, de carácter democrático.
Y segundo, es histórica por su originalidad: en sus raíces, forma y consecuencias, porque México no vivió antes un proceso similar.
Una vez que situamos el proceso en su dimensión, paso a mi segunda proposición: la historia de la lucha política en México durante los últimos veinte años puede resumirse así: partidos políticos en plural, distintos y auténticos, acuden a las elecciones.
Los partidos, así fortalecidos, vuelven a participar en nuevas elecciones, donde se hacen de más posiciones y lanzan un nuevo ciclo de exigencias y reformas electorales. A este proceso, cíclico y que se autorrefuerza, lo hemos llamado la “mecánica” del cambio político en México.
En 1977, por primera vez se abrieron las compuertas para el libre desarrollo de las opciones organizadas y para su asistencia al mundo electoral. Haciendo historia, puedo decir que la plataforma originaria de la transición fue construida sobre cinco columnas:
1) se declara a los partidos políticos como “entidades de interés público” y se de paso a su “constitucionalización”, es decir, al reconocimiento de la personalidad jurídica de los partidos en plural y a su importancia en la conformación de los órganos del Estado;
2) se abre la puerta de la competencia electoral, mediante el “registro condicionado” a las fuerzas políticas más significativas de la izquierda mexicana hasta entonces marginadas
3) se concreta la ampliación del Congreso y la introducción de los diputados plurinominales; la nueva fórmula conjugaba 300 diputados de mayoría y 100 de representación proporcional. Así se inyectó un mayor y más intenso pluralismo a la Cámara de Diputados y los incentivos suficientes para que los partidos desarrollaran campañas a escala nacional, en busca de todos los votos posibles acumulables en la bolsa plurinominal.
4) Por primera vez el Estado asume la obligación de otorgar recursos para el sostenimiento de todos los partidos políticos. Adquieren prerrogativas, en los medios de comunicación y en dinero de parte del Estado.
5) Con su registro ante la autoridad electoral federal, los partidos políticos adquirieron automáticamente la posibilidad de asistir a las diferentes elecciones en los otros niveles: estatal y municipal. La participación electoral de alternativas distintas, legalizadas y legitimadas desde la
Constitución, se multiplicó a lo largo y ancho del país.
Mi tercera propuesta es esta: la nuestra fue una transición que se desarrolló de la periferia al centro y de abajo hacia arriba.
Echemos una rápida mirada a ese proceso de colonización: en 1977 había cuatro municipios gobernados por partidos distintos al PRI. En 1988, 39; y antes del dos de julio del año 2000, 583 municipios, incluyendo los más poblados y prósperos del país. mi cuarta observación: la progresiva normalización electoral trajo un efecto social, político y cultural todavía más grandes, o mejor, de mayores consecuencias: la experiencia viva de la pluralidad, la competencia, la cohabitación y el cambio en el gobierno.
Mi quinta proposición es esta: la transición mexicana, que estuvo fuertemente centrada en el tema electoral, fue en realidad mucho más que electoral.
México descubriría que “lo electoral” era mucho más que una esfera circunscrita, llena de recovecos legales y técnicos.
Mi última observación, la sexta, es la más simple: la transición democrática es un cambio que viene de lejos, imparable por su magnitud. Como he intentado argumentar, nuestro aprendizaje colectivo llevaba décadas y había envuelto a todos los actores, mediante una especial mecánica de cambio.
Así pues, la alternancia no constituyó la condición de nuestra democracia: demostró su existencia. Pero el fin de la transición no es el fin de la política, ni de las reformas, mucho menos es el fin de los problemas del país. Todo lo contrario. Termino con cuatro conclusiones breves:
1) El proceso de cambio político en México ha tenido como condición indispensable el respeto al voto. Para eso se ha levantado un enorme edificio con múltiples requisitos técnicos.
2) Las elecciones del año 2000 fueron limpias, por su organización, por sus instrumentos, por la vigilancia y por la serie de candados y previsiones que impone la ley. La limpieza electoral no depende del resultado.
3) Las elecciones -no la violencia- han demostrado ser la verdadera llave del cambio político. Todo su poder de transformación está ahí para quien quiera verlo.
4) Por eso hay que mantener la puerta abierta. México es una comunidad extraordinariamente viva y cambiante.